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El Secreto de Arunda


Los reyes católicos son conscientes de que nunca podrán conquistar Granada sin tomar antes las ciudadelas que protegen las fronteras del reino.

En 1484 llegan con su ejército a Arunda, una plaza con poderosas defensas naturales que nunca antes ha sido tomada y en la que los gobernantes nazaríes tienen todas sus esperanzas puestas para poder contener a los reyes.

Pero Arunda guarda un poderoso secreto. Un secreto que puede llevarla a la victoria o a su completa destrucción.

IMPERIVM I El Ocaso de Alejandría.

Novela ambientada en el siglo I a. n. e. en el periodo histórico donde confluyeron las civilizaciones Egipcia y Romana a ambos lados del Mediterráneo.

Multitud de personajes históricos reales, batallas minuciosamente documentadas, sangre y sexo, dentro de una ambientación muy rigurosa, alejada de los cánones de Hollywood y que intenta dar una visión humana y realista de una parte de la historia que trasciende hasta nuestros días.

El personaje central es Cleopatra VII, una joven destinada a un matrimonio menor que acabó convirtiéndose en la mujer más poderosa del mundo.

IMPERIVM II El Ocaso de la República.

 Cuenta la historia del ascenso al poder del joven Octavio, junto con Mecenas y Agripa, su dominio del mundo y el ejercicio despiadado del poder absoluto sobre el senado, sin rivales en Roma ni en el Mediterráneo. El relato de cómo su esposa, Livia, consiguió dominar el imperio desde las sombras y poner y quitar herederos a su antojo.

Los entresijos ocultos del poder en Roma, la gloria y las miserias que llevaron al fin de la República y al nacimiento del Imperio Romano.

Una novela con una documentación exhaustiva, un estudio detallado de los escenarios y las principales batallas, y una investigación rigurosa sobre el destino de los asesinos de Julio César.

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El Destino de los Asesinos.

Artículo publicado en la Revista Clio en abril de 2016.

El Destino de los Asesinos.

Los Idus de Marzo provocaron una víctima mortal, una nueva guerra civil y el segundo triunvirato de Roma, que culminó con el desmoronamiento de la República pero, ¿qué ocurrió con los hombres que hundieron su daga en el cuerpo de Dictator? ¿En un principio fueron héroes o villanos? Sabemos cómo los ha tratado la historia pero, ¿cómo los trató Roma? ¿Cuál fue su destino a partir del asesinato de Julio César?

El asesinato perpetrado el 15 de marzo del año 44 antes de nuestra era en la Curia de Pompeyo en Roma, sigue arrojando dos mil años después una importante cantidad de incógnitas.

Las motivaciones, los conspiradores, el propio complot o la intervención ya sea por acción o por omisión de Marco Antonio, han dejado fluir ríos de tinta y numerosas hipótesis en la imaginación de historiadores expertos y aficionados.

Como cualquier conspiración, su formación fue un secreto y sus reuniones no se recogieron en acta o escrito alguno. Sin embargo, los conspiradores obtuvieron cierta fama y en la mayoría de casos ha sido posible seguir el relato de sus vidas tras los Idus de Marzo.

Esta es la historia del destino de los asesinos de Julio César.

Según la fuente consultada, los asesinos fueron entre cuarenta y sesenta senadores. Eutropio y Suetonio incluso elevan esa cifra. Plutarco en "Vidas Paralelas" es el más comedido en sus cifras, aunque estás nunca bajan de los cuarenta hombres.

Entonces, ¿de dónde sale la clásica cifra de los veintitrés conspiradores?

Un día después del asesinato y sin haberse celebrado aún el funeral, Marco Antonio acudió al foro romano con los restos de la toga del difunto Dictator. Posiblemente con el ánimo de enardecer a la ya de por si caldeada población. Dirigió un discurso al pueblo de Roma condenando el asesinato y como acto final, extendió y mostró a las masas aquella toga hecha girones. La prenda, teñida de marcas de sangre, presentaba un total de veintitrés perforaciones fruto de los apuñalamientos.

Se hace difícil pensar que en medio del tumulto que hundió su daga en el cuerpo de Julio César, uno o varios de los conspiradores no coincidiesen en el mismo punto. Sobre todo en la zona del tórax. Incluso sabemos que algunos de los asesinos se habrían herido entre ellos involuntariamente en mitad de la agresión. Por todo ello tenemos la certeza que los asesinos fueron más de los veintitrés tradicionalmente señalados.

En cualquier caso, el impacto de la exhibición de aquella toga desgarrada y ensangrentada dio paso a la leyenda de los veintitrés asesinos. Posteriormente, las cartas de Bruto y Casio en las que se enorgullecían del acto y la crónica de Cicerón, en la que contaba que todos los conspiradores pactaron hundir su daga una vez en el cuerpo de asesinado para compartir la culpa (o la gloria) del acto, hicieron el resto.

Bien pudo ser la gloria lo que recibirían aquellos hombres, pues en uno de los giros más oscuros de la historia de Roma, Marco Antonio pasó de la condena rotunda a la amnistía incondicional en unas pocas horas. Probablemente medió algún soborno -cosa que nunca sabremos- pero el 17 de marzo, apenas dos días después del asesinato, el nuevo hombre fuerte de Roma, decretaba una amnistía sobre los asesinos de Julio César y reconocía que los Idus de marzo habían sido un mal necesario para la República.

Cicerón en su discurso de aquel día en el senado habló por primera vez de los veintitrés conspiradores, que rápidamente se hacieron llamar "Los Libertadores" y, como culminación para aquella vergonzosa sesión senatorial, el propio Marco Antonio votó a favor de la completa amnistía de los asesinos.

Los asesinos.

Por sorprendente que parezca y a pesar de lo relatado anteriormente, ni siquiera disponemos de veintitrés nombres. No llegan a veinte los senadores sobre los que no albergamos dudas acerca de su participación en los hechos.

Esta es su historia tras los Idus de marzo en rigoroso orden de fallecimiento:

-Cayo Trebonio.

Se considera que Trebonio fue unos de los principales instigadores de la conspiración a pesar de ser amigo íntimo de Julio César. Su súbita desaparición nos impidió conocer los motivos que le llevaron a tan alta traición. Además, algunas fuentes dicen que fue el encargado de entretener a Marco Antonio en el exterior de la Curia de Pompeyo para que no impidiese el asesinato.

Tras los Idus, el senador ocupó el cargo como gobernador de la provincia de Asia, que el propio César le había concedido. Murió en Esmirna en el año 43 a.n.e. asesinado mientras dormía a manos de Publio Cornelio Dolabella.

El propio Dolabella se suicidaría poco tiempo después tras ser acusado por el senado controlado por Cicerón de este y otros crímenes.

-Pontio Aquila.

Poco sabemos de su vida con anterioridad a los Idus de marzo, salvo que fue muy crítico con Julio César por atreverse a celebrar el Triunfo Hispánico. El Triunfo era una conmemoración militar otorgada cuando el ejército enemigo era extranjero.

La victoria de César en Hispania, culminada en la batalla de Munda, se produjo sobre las tropas de Cneo y Sexto Pompeyo, ambos romanos, y no fueron pocas las voces en Roma que criticaron aquel gesto. Pontio Aquila desató la ira de César con sus feroces críticas y fue ninguneado por el Dictator.

Tras los Idus se unió como legado mayor al ejército de Marco Antonio. Murió en combate en la ignomiosa derrota que Agripa infligió al cónsul en la batalla de Módena, el 21 de abril del año 43 a. n. e.

El propio Agripa y Octavio ofrecieron una recompensa al legionario que hundiese su gladium en el cuerpo de Pontio Aquila. Se desconoce quién lo logró, pues aquella recompensa fue repartida entre toda la tropa.

-Décimo Bruto.

Uno de los dos "Bruto" que participaron en la conspiración y probablemente al que peor ha tratado la historia.

Décimo era familiar de Julio César y tuvo un papel muy relevante en la guerra de las Galias. Permaneció siempre al lado del dictador y los motivos por los que decidió formar parte de la conspiración son espurios. Es posible que los celos ante Marco Antonio tuviesen mucho que ver.

Décimo se consideraba mejor militar y desde luego era más fiel a César. Marco Antonio había provocado alguna rebelión entre las legiones y varios altercados y escándalos en Roma. Sin embargo, César le seguía teniendo más en cuenta que a Décimo que todas sus decisiones. En los nombramientos póstumos del Dictator, Marco Antonio logra acceder al consulado, mientras que Décimo tan solo obtiene un destino como gobernador de una provincia -eso sí, de las Galias-.

Si damos credibilidad a Suetonio sobre las últimas palabras de Julio César -ese "tu quoque, Brute, filii mei!!" que Shakespeare convertiría en "Tú también, Bruto?" y que se instalaría eternamente en el imaginario popular-, César se hubiese dirigido a este Bruto y no a Marco Junio Bruto, del que hablaremos más adelante.

En cualquier caso, y desde un punto de vista estrictamente médico, se hace difícil creer que un hombre apuñalado al menos dos docenas de veces, con serias heridas en los genitales y en la cara, fuese capaz de crear frases especialmente rebuscadas o ingeniosas en su lecho de muerte.

La versión de Plutarco, que nos relata que Julio César murió en silencio y tapándose la cabeza con su toga, se considera más cercana a la realidad.

Tras los Idus, Décimo Bruto ocupó la plaza como gobernador que le había concedido el hombre al que asesinó. Una vez más volvió a cruzarse en su camino Marco Antonio, que requirió la provincia para sí al acabar su consulado y acabó lanzando su ejército contra Décimo y sitiándole en Módena.

El senado dominado por Cicerón envió a Octavio en auxilio de Décimo Bruto pero una vez que le liberó del asedio, Octavio se negó a unir sus fuerzas a las de Décimo contra su enemigo común, Marco Antonio.

Décimo decidió salir en solitario en persecución de un debilitado Marco Antonio pero comenzó a sufrir continuas deserciones entre sus filas. Finalmente, el propio Décimo decidió también desertar de su propio ejército y huir a Macedonia, donde esperaba unirse a Bruto y Casio.

Décimo Bruto falleció asesinado en mitad de aquel viaje a manos de un líder tribal galo antiguo colaborador de Julio César. El galo le cortó la cabeza y se la envío como presente a Marco Antonio en algún momento del verano del año 43 a.n.e.

-Minucio Básilo.

Otro destacado colaborador de Julio César en la guerra de las Galias -en algunos pasajes de aquella larga campaña llegó a dirigir la caballería-, que se sintió ninguneado tras la guerra civil.

Cicerón cuenta en sus escritos, que el Dictator recompensó a Básilo por sus servicios tan solo con una importante suma económica y no con una provincia como esperaba el senador.

Sin entrar a valorar las opiniones partidistas de Cicerón, lo cierto es que Básilo fue perdiendo posición e influencia en la tienda mando en favor de hombres como Labieno o el omnipresente Marco Antonio.

Tras los Idus, Básilo fue unos de los pocos conspiradores que no abandonó Roma. En septiembre del año 43 a.n.e. se produjo en su villa una rebelión de esclavos que acabaron salvajemente con su vida.

Ninguno de aquellos esclavos fue castigado por el asesinato. Consiguieron obtener la protección de Octavio, que ya estaba en plena ascensión y que se aseguraba de premiar cualquier acto contra los asesinos de Julio César.

Siguiendo el orden cronológico de los acontecimientos que rodearon a los asesinos de Julio César tras los Idus de marzo, es importante hacer un inciso tras la muerte de Básilo. A finales del año 43 antes de nuestra era y con un Octavio Augusto convertido en el amo de Roma, se celebró un juicio contra los veintitrés asesinos -nuevamente aparece esta cifra a pesar de que  cuatro de ellos ya habían muerto, pero tenemos constancia de que los fallecidos también fueron juzgados-.

Como fiscal actuó Agripa, quien consiguió veintitrés condenas en tan solo dos días de juicio. Los acusados fueron declarados enemicus y nefas, todas sus propiedades fueron confiscadas, sus cuentas embargadas, se ordenó derribar las estatuas que diferentes ciudades habían erigido en honor de algunos de ellos, se prohibió cualquier mención al acto que habían cometido diferente a la de "homicidio", y a muchos de sus descendientes se les negó asilo, alimento o fuego a dos mil millas de Roma. Octavio Augusto juró en público, al acabar el juicio, que no descansaría hasta ver muertos a todos y cada uno de los asesinos de Julio César.

Continuando con la rigurosa cronología de los acontecimientos, es necesario detenernos en la figura de Cicerón.

Marco Tulio Cicerón no estuvo entre los conspiradores. Plutarco dice de él: "lo que no relata en sus cartas, se lo cuenta a sus esclavos".

Y no es esta la única constancia que tenemos de su incontinencia verbal. Probablemente este hecho hizo que los conspiradores le dejasen fuera de un complot, que necesitaba del secretismo para tener éxito.

Sin embargo, tras los Idus de marzo, Cicerón se convirtió en el principal defensor del magnicidio y de los llamados "Libertadores".

El filósofo se ocupó de domesticar al senado, de favorecer las causas de los conspiradores y dirigió durísimos ataques contra aquellos que les atacaban, entre ellos un Marco Antonio que protagonizó su enésimo cambio de bando al respecto.

Todo ello provocó que tras la unión del Segundo Triunvirato, el nombre de Marco Tulio Cicerón fuese el primero en la larga lista de proscritos que serían inmediatamente declarados enemigos de Roma.

El afamado filósofo murió en su villa de Formia el 7 de diciembre del año 43 a.n.e. asesinado por un caza recompensas.

La batalla de Filipos.

Tras el ascenso de Octavio, la felonía de Marco Antonio y la repulsa de Roma, la práctica totalidad de los conspiradores que seguían vivos, se reunieron en Filipos para hacer frente a Roma.

La batalla -que en realidad se dirimió en dos contiendas en días diferentes- acabó con el enfrentamiento entre Libertadores y el Segundo Triunvirato. Con la victoria de estos últimos y la mayoría se asesinos de Julio César muertos.

-Casio Longino.

Probablemente el principal instigador del magnicidio. Longino era un férreo defensor de la República más clásica, vivía anclado en el pasado y en las tradiciones más conservadoras.

El carácter aperturista y las reformas de Julio César nunca fueron de su agrado y llegó a militar en el bando de Cneo Pompeyo durante la guerra civil.

Tras Farsalia recibió el perdón de César, que le restauró su fortuna y el resto de sus posesiones porque le consideraba un "pequeño Catón" y quería su oposición en el senado.

Tras los Idus, Casio Longino fue unos de los hombres que recibió un cargo póstumo del hombre al que asesinó. Se convirtió en pretor, aunque rápidamente el puesto se le quedo pequeño y reclamó para sí buena parte de las provincias orientales de Roma.

Curiosamente, llegó a acumular una cantidad de poder y cargos, francamente contrarios a las tradiciones de la República clásica que tanto defendía.

Longino era el principal estratega y estaba al mando de las fuerzas que se encontraron con el Segundo Triunvirato en Filipos.

En la primera de las dos contiendas, y tras quedar aislado y sin perspectiva sobre el verdadero curso de la batalla debido a una gran polvareda, se quitó la vida arrojándose sobre su gladium, para evitar que le capturasen vivo.

Casio Longino se suicidó usando el método ceremonial romano el 3 de octubre del año 42 a.n.e. En realidad, estaba cerca de ganar aquella batalla y los hombres por los que se sintió amenazado eran de su propio ejército.

-Léntulo Spinter.

Uno de los grandes desconocidos de esta historia. Muy poco sabemos de él, salvo que su padre luchó junto a Cesar y que se vieron súbitamente distanciados por circunstancias que no han trascendido. Algunas fuentes sugieren que Julio César ordenó el asesinato de su padre en Rodas y que tras estos hechos, Spinter comenzó a frecuentar a las compañías de Bruto y Longino.

Falleció en combate en Filipos en la segunda de las contiendas, acaecida el 23 de octubre del año 42 antes de nuestra era.

-Hermanos Cayo y Publio Servilio Casca.

Al margen de los "Bruto" y Longino, los hermanos Casca son prácticamente los únicos asesinos citados por todas las fuentes. Probablemente esto se deba a que uno de ellos fue el que inició el ataque que culminó en magnicidio. Julio César consiguió zafarse de ese primer ataque y llegó a herir a uno de los Casca con un punzón de escritura. (No podemos asegurar a cuál de ellos).

Ambos eran importantes comerciantes que se habían visto perjudicados por el ascenso de Julio César. Es posible que mantuviesen cierta relación de amistad -interesada por parte de los Casca-.

Tras los Idus se vieron obligados a huir de Roma. Vivieron como prófugos durante un tiempo y estuvieron a punto de ser capturados en varias ocasiones, en las que debieron hacer uso de su fortuna para sobornar a sus captores.

Existe cierta constancia de que Cayo murió en combate y Publio se suicidó ese mismo día.

Se desconoce si su desaparición acaeció en el primer o en el segundo día de contienda.

-Quinto Ligario.

Otro de los grandes desconocidos del magnicidio.

Podría haber accedido al senado por méritos militares y ascendido en la vida pública romana bajo el ala de Cicerón. Con ello, su cercanía al grupo de Casio y Trebonio estaría garantizada.

Se pierde su pista entre los Idus de marzo y la batalla de Filipos.

Falleció en combate en la primera de las contiendas.

-Pacuvio Labeón.

Importante jurista romano firme defensor de la República tradicional, lo que le granjeó la enemistad con Julio César.

Se sabe que el algún momento el Dictator le perdonó la vida como a tantos otros. Pudo ser tras la batalla de Farsalia.

Labeón regresó a Roma y nunca dejó de intentar legislar contra César.

Cuando se forjaba el complot, debió ser un claro candidato a formar parte de él.

Tras los Idus forjó una gran amistad con Marco Junio Bruto, lo que le llevó a seguirle a Macedonia y posteriormente a Filipos.

Sabemos que se suicidó para evitar que le capturasen vivo, aunque desconocemos en cuál de las dos contiendas.

-Sexto Quintilio Varo.

Si bien es cierto que no podemos garantizar su participación directa en el magnicidio, es muy probable que participase de forma activa en él, dada la relevancia que adquirió entre los Libertadores después de los Idus.

Es el padre de Publio Quinto Varo, que alcanzaría gran fama durante el posterior gobierno de Octavio.

Sabemos que se suicidó en Filipos aunque se desconoce la fecha y las circunstancias de su muerte.

-Marco Porcio Catón (hijo).

El hijo del mayor enemigo romano de Julio César debió necesitar poca insistencia para unirse a la conspiración. La relación entre su progenitor y Dictator fue de mal en peor a lo largo de sus vidas y, tras el fallecimiento de Catón, César castigó duramente los intereses de la familia.

Tras los Idus huyó de Roma y permaneció al abrigo de Casio hasta llegar a Filipos.

Murió en combate en la primera contienda.

-Livio Druso Nerón.

Perteneciente a una de las más ricas e importantes familias senatoriales romanas, Druso Nerón se opuso firmemente al concepto de dictadura que estableció Julio César.

Tras los Idus fue uno de los conspiradores que se atrevió a permanecer en Roma, dada su alcurnia y el poder de su familia. Poco a poco, esa familia se fue fragmentando y acabó dividida y apoyando con alguno de sus miembros a uno u otro contendiente.

Justo antes de la batalla de Filipos, Druso consiguió casar a su hija Livia con su primo Tiberio Claudio, en un último intento por mantener la estabilidad y la unión de la familia. Años después, esta Livia se casaría con Octavio y se convertiría en emperatriz de Roma.

Varias fuentes hacen referencia a su valentía y ferocidad durante la batalla, lo que le valió durante un tiempo el apelativo de "El último romano".

Druso Nerón se suicidó en la soledad de su tienda cuando supo que los Libertadores habían perdido la segunda contienda de Filipos y por tanto la guerra.

-Marco Junio Bruto.

El "otro Bruto" al que hemos nombrado anteriormente y principal beneficiado del error de Shakespeare.

Era hijo de Marco Junio Bruto (el viejo) -jamás ha existido la posibilidad de que fuese hijo de Julio César- y de Servilia Cepionis. Ella fue la amante pública del Dictator durante años hasta la aparición de Cleopatra. Este hecho provocó la confusión (¿...?) del dramaturgo inglés.

Bruto fue un político con poca relevancia que consiguió convertirse en uno de los hombres más ricos de Roma gracias a su actividad como prestamista y sus negocios inmobiliarios. Muy joven se casó con la hija de Catón, el principal enemigo político de César y cuando se desató la guerra civil, se alineó en contra del Dictator y de su propia madre.

Tras la batalla de Farsalia Julio César perdonó a Bruto personalmente y le aupó de nuevo junto con la alta sociedad romana, le concedió cargos públicos y le introdujo en su círculo de confianza.

A pesar de todo esto, Bruto no ocultó jamás su pensamiento Republicano. Los historiadores consideran que César le eligió como uno de los peones que deseaba tener en el senado haciéndole una suave oposición.

Marco Junio Bruto fue uno de los últimos conspiradores en unirse al complot y su reticencia a punto estuvo de acabar sacando a la luz la trama. Días antes de los Idus de marzo, aparecieron pintadas en Roma haciendo mención a su cobardía para "hacer lo que hay que hacer".

Finalmente se unió al complot y probablemente fue su concurso fue lo que precipitó el magnicidio. Los conspiradores le veían como el tipo de persona poderosa, influyente y con contactos, que necesitaban para salir airosos del crimen.

Tras los Idus fue de los últimos en comprender que la plebe repudiaba el asesinato de Julio César y se negó a abandonar Roma hasta que temió gravemente por su seguridad y la de su familia.

Cuando al fin abandonó la ciudad, se permitió usar el cargo que le había concedido el hombre al que asesinó y se convirtió junto a Casio en la cabeza visible de los Libertadores.

Bruto no estaba preparado para la vida militar y mucho menos para dirigir un ejército. Función que recayó sobre sus hombros tras el suicidio de Casio.

A él le debemos los veinte días transcurridos entre las dos contiendas de Filipos, pues no se atrevía a salir a luchar contra los Triunviros a pesar de la delicada situación que atravesaban éstos.

Cuando al fin salió a combatir, prácticamente dio por perdida la contienda desde el primer momento. Se equivocó con la disposición táctica, ofreció órdenes contradictorias y acabó huyendo del campo de batalla.

Esa misma noche su historia acabó en una especie de suicidio deshonroso, pues tuvo que pedir ayuda a un esclavo para ensartase en su gladium por faltarle valor para hacerlo él solo.

-Marco Favonio.

Ferviente defensor de Catón e incansable luchador contra la corrupción en Roma. Su enfrentamiento con César viene de antiguo, pues conspiró para negarle un triunfo cuando el Dictator fue gobernador en Hispania.

Como no podía ser de otra manera, en la guerra civil tomó partido por Catón y los suyos. Volvió a Roma amnistiado y ejerció la política con un perfil bajo hasta el magnicidio.

Hay que decir que Plutarco, en la "Vida de Bruto", excluye a Favonio como uno de los conspiradores, aunque otras fuentes le incluyen en el complot.

Tras los Idus, abandono Roma rápidamente, se instaló en Asia y esperó la llegada de Casio.

No murió directamente en la batalla de Filipos, sino que fue capturado y ejecutado por traición días después.

-Quinto Hortensio.

Otro de los desconocidos.

Probablemente será hijo de Quinto Hortensio Hórtalo, célebre orador y letrado, pero no podemos confirmarlo. Algunas fuentes le sitúan como gobernador de Macedonia -nombrado por Julio César-.

Resulta imposible confirmar su identidad debido a lo común de su nombre.

Tampoco disponemos de una constatación fiable sobre sus motivos para unirse a la conspiración.

Sin embargo, es citado por varias fuentes como uno de los conspiradores que fueron capturados vivos en Filipos e inmediatamente ejecutados después.

-Décimo Turulio.

Poco sabemos de Turulio antes de los Idus de marzo. No hay fuentes que le citen y su posterior actividad como pirata al servicio de Sexto Pompeyo, eclipsa cualquier labor anterior.

Sabemos que Turulio estuvo en Filipos y consiguió huir. Debía ser experto navegante porque se unió a Sexto Pompeyo, el hombre que puso en jaque a la Roma de Octavio, y se convirtió en uno de sus lugartenientes.

Tras la derrota de Sexto, fue reclutado por Marco Antonio cuando la ruptura de Triunvirato era más que evidente y luchó para éste último en Accio, donde fue derrotado. Turulio consiguió salir vivo también de esta batalla pero navegó a la deriva hasta quedarse sin víveres por miedo a arribar a puerto y ser detenido.

Finalmente demostró que aquellos temores eran ciertos, pues la primera vez que tocaron puerto, en Pérgamo, fue entregado por su propia tripulación a las autoridades de la ciudad.

Le ejecutaron inmediatamente para congraciarse con Octavio un día indeterminado de septiembre del año 31 a.n.e.

-Casio Parmensis.

Poeta y escritor del que desconocemos sus motivos para unirse a la conspiración. Casi toda su extensa obra se ha perdido debido a la proscripción que sufrió por parte de Octavio.

Tras los Idus, podría haber huido a Atenas donde publicó varias soflamas Republicanas de las que después se haría eco Cicerón.

Algunas fuentes le sitúan en Filipos. En cualquier caso acabó siguiendo un camino paralelo al de Turulio: se unió a Sexto Pompeyo y acabó reclutado por Marco Antonio para su flota.

También consiguió salir vivo de Accio y se refugió en Atenas bajo un nombre falso.

Finalmente fue traicionado y denunciado por alguno de sus colaboradores. Octavio ordenó su asesinato en algún momento del año 30 antes de nuestra era.

-Cesenio Lento.

Lento había sido un prometedor militar que adquirió cierto prestigio durante la guerra civil en el bando de Julio César.

El Dictator le llevo con él a Hispania como uno de los principales legados y suya fue la misión de capturar a los hermanos Cneo y Sexto Pompeyo tras la derrota de Munda.

Cesenio Lento nunca dio con el paradero de Sexto pero si con Cneo, al que ejecutó sumariamente en los alrededores de Córdoba. Después le cortó la cabeza para llevársela al Dictator. Este acto impidió la proverbial clemencia de César -que hemos nombrado en varias ocasiones- y Lento fue expulsado del ejército y enviado a Roma a la espera de juicio por asesinato.

A su llegada a Roma se unió inmediatamente a la causa de Bruto y Casio, y nunca llegó a ser juzgado.

Curiosamente, tras los Idus se pierde su historia y no sabemos que fue de él, ni la fecha de su fallecimiento.

Hay más nombres, probablemente tantos como fuentes antiguas e intereses en desprestigiar a una u otra familia, pero solo éstos diecinueve atesoran el rigor histórico suficiente como para aparecer entre los asesinos de Julio César.

Un artículo de Jose Barroso. 

Ensayo sobre la Belleza (de Cleopatra)

Artículo publicado en la Revista Clio en diciembre de 2015.

Cleopatra VII Filopátor Nea Thea o sencillamente: Cleopatra.

Una de las figuras más atractivas, sugestivas e hipnóticas de la historia. Sedujo a los hombres más poderosos de su tiempo y a cientos de generaciones futuras. Su leyenda ha llegado intacta hasta nuestros días y sigue siendo un referente de refinamiento y belleza. ¿Pero era tan bella realmente? ¿Qué pruebas tenemos sobre su verdadero aspecto físico? ¿Qué hay de cierto en la corriente que dice que en realidad no era agraciada físicamente?

Ensayo sobre la belleza (de Cleopatra).

No son pocas las mujeres que han pasado a la historia por su extraordinaria belleza, Nefertiti, la Reina de Saba, Helena de Troya, Friné... Las que consiguieron unir a su aspecto físico la sabiduría como gobernantes, la inteligencia y el coraje de sobresalir en un mundo de hombres no son muchas. Pero si hay una figura que ha quedado por encima de ese reducido grupo, esa es Cleopatra.

La reina del Nilo es una fuente inagotable para el cine y la literatura universal. Siempre representada por actrices de belleza sobresaliente -decían de Liz Taylor que era la actriz más bella de su generación- y pocos son los autores que no se detienen a recrearse en su mítico aspecto físico.

Vamos a intentar desentrañar cuánto hay de cierto y cuanto de mito en la belleza de Cleopatra.

Las Hipótesis:

1ª- Era bellísima.

La más aceptada por el público en general y la idea que reside en el imaginario popular. Una mujer de formas apetecibles y rostro sereno y agraciado. Alguien que deslumbraba por su belleza y que incluso destacaría si nos cruzásemos con ella hoy en día en cualquier esquina. A todo ello sería justo añadir la erótica del poder que irradia su figura pero, en cualquier caso, alguien ante quien los hombres caían rendidos.

2ª- No era agraciada físicamente.

Una hipótesis que ha ganado fuerza en los últimos treinta años tras el descubrimiento de una serie de monedas con su efigie en distintas partes del mundo. Dado que no se le da credibilidad prácticamente a ninguno de sus bustos, estas monedas representan las únicas imágenes que tenemos de la reina del Nilo.

3ª- Era bella según los cánones de belleza de su época.

Y dichos cánones han sufrido numerosos cambios a lo largo de los siglos. Mujeres que fueron consideradas bellísimas en su tiempo, como Maria Antonieta, Lucrecia Borgia o Aldonza de Ivorra, difícilmente tendrían cabida en las revista de moda de hoy en día. Los cánones de belleza han cambiado y mucho en veinte siglos pero ¿Han cambiado tanto como para volver a los parámetros de hace dos mil años?

Los Hechos:

Cleopatra fue la séptima reina egipcia de su nombre. Perteneció a la última dinastía que gobernó Egipto como país independiente antes de convertirse en provincia de Roma, los Ptolomeos. Y como primer dato importante hay que decir que los Ptolomeos no eran egipcios, eran Griegos Macedónicos. No había una sola gota de sangre egipcia en Cleopatra y por lo tanto debemos alejar su imagen del icónico busto de Nefertiti, al que si damos veracidad histórica dado que su esposo, Akenaton, prohibió las representaciones irreales de la familia faraónica. Las esculturas, pinturas y bustos de Nefertiti, el propio Akenaton, Tutankamon y otros miembros de su familia, representan de forma fiel su aspecto físico y la imagen de la reina es sorprendentemente cercana al canon de belleza actual. Es una mujer morena, delgada, de cuello estilizado, pómulos marcados y labios carnosos. Por desgracia no pudo ser una antepasada lejana de la reina objeto de estudio hoy.

Cleopatra accedió al trono en el año 51 antes de nuestra era. Fue una gobernante cuya principal preocupación fue mantenerse en el poder entre las insidias de una corte ciertamente hostil y la sombra de Roma, que amenazaba con anexionar los territorios de Egipto.

Para ello hizo uso de todas las armas que tenía a su alcance, y desde luego una de ellas fue su presencia y su aspecto físico.

Plutarco dice sobre Cleopatra:

"Se pretende que su belleza, considerada en sí misma, no era tan incomparable como para causar asombro y admiración, pero su trato era tal, que resultaba imposible resistirse. Los encantos de su figura, secundados por las gentilezas de su conversación y por todas las gracias que se desprenden de una feliz personalidad, dejaban en la mente un aguijón que penetraba hasta lo más vivo. Poseía una voluptuosidad infinita al hablar, y tanta dulzura y armonía en el son de su voz que su lengua era como un instrumento de varias cuerdas que manejaba fácilmente y del que extraía, como bien le convenía, los más delicados matices del lenguaje"

Plutarco. Vidas. Paralelas. Marco Antonio. XXVII.

"Platón reconoce cuatro tipos de halagos, pero ella tenía mil."

Plutarco. Vidas Paralelas. Marco Antonio. XXIX.

Y sobre el momento en que Cleopatra y Marco Antonio se conocieron:

"Éste iba a verle en aquella edad en que la belleza de las mujeres está en todo su esplendor y la penetración en su mayor fuerza."

Plutarco. Vidas Paralelas. Marco Antonio. XXV.

Dion Casio dice sobre ella:

"Su irresistible forma de hablar parecía que conquistara a su interlocutor"

Dion Casio. Historia de Roma. Libros XLVI-XLIX.

Sobre su intelecto nos cuenta Plutarco:

"Respondía por sí misma, como a los Etíopes, Trogloditas, Hebreos, Árabes, Sirios, Medos y Partos. Dícese que había aprendido otras muchas lenguas cuando los que la habían precedido en el reino ni siquiera se habían dedicado a aprender la egipcia, y algunos aun a la macedonia habían dado de mano."

Plutarco. Vidas Paralelas. Marco Antonio. XXVII.

Suetonio sobre la relación de Julio César y Cleopatra:

"Pero a la que más amó fue a Cleopatra, con la que frecuentemente prolongó festines hasta la nueva aurora"

Suetonio. Vida de los Doce Césares. Julio César. LII.

De los relatos clásicos, aun dudando de Dion Casio, que escribiría 250 años de la muerte de Cleopatra, podemos deducir que destacaba más por su intelecto, su personalidad arrolladora y su cultura que por su físico. Aunque desde luego era agraciada.

Por increíble que parezca, dada la extensa literatura sobre Cleopatra, son muy pocos más los autores clásicos a los que podemos recurrir para hacernos una idea de la imagen de la reina del Nilo. Posteriormente Horacio, Virgilio, Flavio Josefo, Apiano o Plinio, mencionaran a Cleopatra en sus escritos en varias ocasiones pero siempre centrados en su debilidades -o directamente vicios- y casi siempre infligiendo duros ataques contra su personalidad, arrogancia, voracidad sexual o derroches económicos. Hay que aclarar que todos estos autores pretenden congraciarse con el poder dominante en el Mediterráneo, personificado en Octavio Augusto y sus posteriores sucesores. Fue el propio Octavio el que declaró la guerra a Cleopatra y a su ya esposo Marco Antonio y por lo tanto el que fomentó buena parte de su leyenda negra.

Así, autores como Plinio "el viejo" que nació cincuenta años después de morir Cleopatra, nos relata el famoso pasaje de la disolución de las perlas en vinagre que, aunque químicamente podría ser cierto, se convierte en despropósito tal y como nos lo cuenta el historiador. La historia solo pretende dar una imagen de una Cleopatra derrochadora, caprichosa, infantil e indolente, y para ello Plinio no duda en alterar la realidad a su antojo.

Plinio "el viejo". Historia Universal. Capítulo LVIII.

Los ataques de Flavio Josefo que vivió entre los años 37 y 100 de nuestra era, también son muy duros y centrados en la voracidad sexual de Cleopatra. Cabe decir que Josefo era judío y la enemistad de la reina del Nilo con Judea y sus gobernantes fue manifiesta, sobre todo con Herodes por las reservas de betún de las que gozaba la zona.

Flavio Josefo. Antigüedades Judías. Tomo II.

Para poder concluir con el aspecto físico de la reina según los autores clásicos, no debemos obviar a Cicerón. El filósofo y Cleopatra se conocieron personalmente durante la estancia en Roma de la reina y precisamente a este encuentro debemos las obras completas de Cicerón que han llegado hasta nuestros días. Cleopatra encargó al filósofo una compilación de sus obras y discursos para la biblioteca de Alejandría. Sin embargo, tras el asesinato de Julio César, Cleopatra abandonó precipitadamente Roma y no se llevó aquella cuidada compilación consigo. La obra quedó depositada en las bibliotecas de Roma y sobrevivió a las sucesivas destrucciones de la Biblioteca de Alejandría. Hay una frase atribuida a Cicerón -aunque imposible de contextualizar o verificar- que dice: "si tuviese otra nariz, habría conquistado el mundo". En realidad, esta frase constituye la única mención a la nariz de Cleopatra y, conociendo el carácter teatral de Cicerón, bien podía referirse al instinto, al olfato, de la reina para elegir a sus partidarios. Muerto Julio César, la reina podía haber confraternizado tanto con Marco Antonio como con Octavio Augusto y la historia hubiese sido muy distinta de haber elegido al segundo. Además Octavio era de edad similar y mucho más influenciable que el curtido y experimentado Marco Antonio, por el que acabaría decantándose Cleopatra. Es solo una interpretación, pero dado que no hay otras fuentes, no debemos dar por sentado que la nariz de la reina era prominente o simplemente desproporcionada para con el resto de su rostro.

Son varias las esculturas que quieren representar a la reina del Nilo aunque dudamos de la veracidad de todas ellas y diversas pruebas han demostrado que su confección es posterior a la vida de Cleopatra. Aunque si nos han llegado algunas monedas con su efigie, en ella podemos ver a una mujer con una tiara, pelo rizado, labios carnosos, ojos muy grandes y cuello estilizado aunque con cierta corpulencia. Se deja adivinar una barbilla prominente y unas formas proporcionadas. Si bien es cierto que de todo ello tampoco podemos sacar una opinión inamovible. No hay más que ver la absolutamente irreconocible efigie de la reina Letizia en las monedas conmemorativas de 12€ de la fábrica nacional de moneda y timbre.

De sus relaciones y el comportamiento de los hombres que la rodearon, también podemos sacar algunas conclusiones:

Tanto Plutarco como el propio Julio César, nos cuentan en sus escritos que el general romano y la reina del Nilo se conocieron al atardecer en Alejandría y esa misma noche ya yacieron juntos. Plutarco en "Vidas Paralelas" (Julio César. IL) nos cuenta el episodio de la reina accediendo a hurtadillas al palacio envuelta en una alfombra, de la que surgió totalmente desnuda. La anécdota podría ser un buen ejemplo de la personalidad y seguridad de Cleopatra, pero lamentablemente tenemos que pensar que es falsa. Primero por lo innecesario de aparecer desnuda y en segundo lugar -y más revelador- porque Julio César no hace mención al episodio en su "Bellum Alexandrinum". No parece una anécdota como para pasar por alto en alguien de la personalidad del general romano. Por lo tanto, desconocemos la forma en que se conocieron Cleopatra y Julio César, pero todas las fuentes apuntan a que estaban compartiendo lecho pocas horas después de verse por primera vez. La reina contaría 18 años y Julio César 52. Parece difícil pensar que hubo un conocimiento profundo entre ambos del que surgió la atracción. Más bien podemos concluir que se produjo una inmediata atracción meramente física entre ambos.

Posteriormente Julio César abandona a su amante habitual en Roma, Servilia Cepionis e invita a la propia Cleopatra a la ciudad donde la colma de honores. En esta época es más que probable que hubiese surgido el amor entre ambos. Si bien es cierto que la mujer que enamorase a Julio César debía mostrar habilidades políticas e intelectuales sobresalientes. No podemos circunscribir el amor entre ambos a sus características físicas. Suetonio llegará a decir que César pretendía legalizar la poligamia en Roma para poder hacer oficial su relación con Cleopatra, pero esta información es imposible de contrastar y de dudosa credibilidad. Suetonio. Vida de los Doce Césares. Julio César. LII.

Un episodio parecido ocurrirá siete años después en la ciudad de Tarso (actual Turquía). Marco Antonio hace llamar a Cleopatra para ser juzgada por ayudar a los asesinos de Julio César y la reina pasa tan solo cuatro días en la ciudad. En esos cuatro días no solo evita el juicio, sino que seduce a Marco Antonio hasta conseguir que éste caiga rendido a sus pies. El romano le ofrece la cabeza de Arsinoe, hermana de la reina y por lo tanto amenaza para el trono, y traslada su gobierno a Alejandría.

"De tal manera avasalló a Antonio que, a pesar de haberse puesto en guerra con Octavio, Fulvia su mujer por sus propios negocios y de amenazar por la Macedonia el ejército de los Partos, del que los reyes habían nombrado generalísimo Labieno, y con el que iban a invadir la Siria, se marchó, arrastrado por ella, a Alejandría"

Plutarco. Vidas Paralelas. Antonio XXVIII.

La relación entre Cleopatra y Marco Antonio es diferente a la que mantiene unos años antes con Julio César. Marco Antonio y Cleopatra se enamoraron perdidamente hasta el punto de que el romano hace numerosas concesiones territoriales -conocidas como las Donaciones de Alejandría (Plutarco. Vidas Paralelas. Antonio. LIV) - a su ya esposa y a los hijos en común, y llega a renegar de Roma en su testamento. Declara a Alejandría capital del imperio y a Cesarión, el hijo de Cleopatra y Julio César, rey de Roma. La publicación prematura de este testamento precipita la guerra contra Octavio Augusto y el trágico fin de los amantes.

De la rápida seducción con la que somete a Julio César y Marco Antonio nos surge una pregunta evidente: ¿Qué tipo de mujer era del gusto de los romanos en el siglo I antes de nuestra era?

En este caso nos encontramos una importante similitud entre los textos clásicos y las pinturas y sobre todo esculturas que nos han llegado de la época. Normalmente los artistas idealizan los cuerpos haciéndolos semejantes a la concepción de los dioses del Olimpo y, desde luego son favorecedores. Es conocido que Octavio Augusto prohibió representaciones de sí mismo con más de cuarenta años y en el caso de las mujeres, son prácticamente inexistentes las esculturas femeninas donde puedan apreciarse los efectos de la edad.

Sin embargo podemos sacar conclusiones importantes. La mujer que hace que los hombres giren sus cuellos al cruzarse con ella por el foro de Roma es de piel clara, caderas anchas, voluptuosa e incluso con sobrepeso, preferiblemente rubia y de pelo rizado. (Los tirabuzones que parten del flequillo son recurrentes en la moda romana). Es un canon de belleza que se repetiría durante varios siglos. La piel tostada era sinónimo de trabajar largas jornadas en el campo y la delgadez es señal de hambre. Las caderas anchas ayudan a dar a luz y el cabello rubio asemeja a las mujeres a Diana Cazadora o Afrodita. El genial Rubens nos legó para la posteridad en su obra "Las Tres Gracias", una imagen imperecedera de ese canon de belleza.

¿Podemos identificar a Cleopatra con este canon de belleza? Probablemente si. La reina del Nilo, como hemos dicho antes, era griega de ascendencia macedónica, donde predomina el cabello rubio. Seducir en una sola noche a los dos hombres más poderosos de su tiempo, ambos con un amplio historial de conquistas amorosas, nos indica que debía ser de su agrado físicamente. E incluso ha llegado hasta nuestros días algún relieve egipcio donde Cleopatra es representada con cierta tripa y anchura en sus caderas. Tampoco existe mención alguna en los textos clásicos a una cierta delgadez, lo que en su momento, hubiese llamado la atención de los autores.

La reina debía ser coqueta y desde luego cuidaba su aspecto. Existió en Alejandría un tratado de belleza con consejos de maquillaje que se atribuía a la propia Cleopatra. El texto no ha llegado hasta nuestros días y no hay forma de afirmar o desmentir su autenticidad, aunque no cabe duda de que la reina hubiese sido capaz de escribir un tratado sobre tales materias.

Por otra parte, Cleopatra fue reconocida por los alejandrinos como la encarnación de Isis, que además de la protección y la sabiduría, representaba también la belleza. Estas deificaciones populares no deben ser menospreciadas. La plebe no era fácil de manejar e intoxicar en el siglo I antes de nuestra era ante una determinada idea. No había medios de comunicación o grupos de presión y en el mismo instante en que Cleopatra es identificada con Isis, Marco Antonio es comparado con Dionisios, el dios de vendimia y el vino, de la locura ritual y el éxtasis. Comparación no muy agradable y contra la que la pareja intentó luchar -con poco éxito, dadas las interminables fiestas y bacanales de Marco Antonio en Alejandría-. Del mismo modo, unos años antes, Julio César es mitificado como Osiris y existe cierta documentación del fracaso de Cleopatra al intentar que la plebe identifique a su hijo Cesarión con Horus. Parece claro que en todos los casos, la plebe hace sus propias elecciones y en ocasiones en contra de lo que querrían sus gobernantes. Que Cleopatra sea identificada con la belleza no parece casualidad. Eso sí: con el canon de belleza de su época.

Cleopatra VII fue la mujer más poderosa de su tiempo y una de las más importantes de la historia. Consiguió anteponer sus deseos y los intereses de Egipto al todopoderoso Imperio Romano durante buena parte de su vida y sin apenas desenvainar un arma. Usó su inteligencia, su don de gentes, su cultura, y su belleza para conseguir sus fines y a punto estuvo de derribar el poder de Roma y convertir a Alejandría en la capital del imperio.

Un artículo de Jose Barroso.

El Busto de Nefertiti. 

La Belleza Imperecedera.

El Busto de Neferetiti.

El 6 de diciembre de 1912 el egiptólogo alemán Ludwig Borchardt hacía un descubrimiento que le situaría eternamente en el Olimpo de la arqueología mundial. En las ruinas de la ciudad de Amarna, en la ribera oriental de Nilo, aparecían los vestigios de lo que debió ser el estudio de un escultor. Éste fue posteriormente identificado como Tutmose y en aquel estudio se hallaron varias escultoras y moldes de yeso de una familia real egipcia perteneciente a XVIII dinastía. Entre aquellas figuras había una que llamaba especialmente la atención sobre todas las demás: el busto policromado de Nefertiti.

¿Quién fue Tutmose?

Tutmose (literalmente "engendrado por Tot") fue un artesano y maestro escultor egipcio que vivió hacia el año 1.300 a. n. e. Poco sabemos de su vida salvo su nombre y que llegó a ser el escultor favorito de la corte. En las excavaciones realizadas en su estudio apareció un caballo de marfil con la inscripción "Favorito del Rey y Maestro de Obras, el escultor Tutmose."

En su estudio se encontraron varias esculturas de yeso, granito y piedra arenisca de algunos miembros de la familia real en diferentes edades. Estas obras hoy en día se reparten entre el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York y el Museo Egipcio de Berlín. En este último se encuentra el busto de Nefertiti.

¿Quién fue Nefertiti?

Neferu Aton Nefertiti, que se traduce como "bondad de Atón, la bella ha llegado" fue la reina consorte del faraón Akenatón, miembro de las XVIII dinastía. Sabemos que vivió entre los años 1.370 a. n. e. y 1.330 a. n. e.

Sobre su origen existen varias teorías. Pudo ser una princesa Nubia concubina del padre de Akenatón. Otra teoría la identifica con la princesa Taduhepa de Mitani -parte de la actual Siria-, y que era mítica por su deslumbrante belleza. Por último, y como hipótesis más consistente, Nefertiti pudo ser sencillamente una miembro más de la familia real, su padre sería el faraón Ay y su madre una tal Tey, estaría emparentada de alguna forma con el que sería su esposo, Akenaton, y desde muy joven destacaría por su belleza, lo que la hizo ascender puestos en la corte hasta alcanzar el rango de Gran Esposa Real. La primera y más importante de las esposas del faraón. Si hay algo unánime en todas las hipótesis es que Nefertiti era bella, muy bella.

El reinado de Akenaton y Neferititi estuvo marcado por la irrupción de la primera religión monoteísta de la que tenemos constancia en la historia: el culto a Atón. Esta nueva religión desplazó a Amón del centro religioso egipcio y provocó importantes revueltas en la sociedad de su tiempo. Fue el propio Akenatón quien ordenó la construcción de la ciudad de Amarna como centro del culto al nuevo dios, aunque ésta fue abandonada apenas quince años después, en el tercer año del reinado de su sucesor, Tutankamón.

Entre otras decisiones, Akenatón prohibió la representación de humanos con porte o atributos divinos y ordenó a los artistas de la época, entre los que debía encontrarse Tutmose, que plasmaran de la forma más veraz posible la apariencia de la familia real en sus obras. Este hecho confiere una especial importancia al busto de Nefertiti pues debemos suponer que los rasgos que vemos en la obra, se corresponden de forma fiel con el verdadero aspecto físico de la reina.

El Busto.

La obra, realizada en caliza y yeso alrededor del año 1.335 a. n. e. mide 48 centímetros de alto y pesa algo menos de 20 kilos. Representa a una mujer de piel morena, ojos grandes y oscuros, labios carnosos, pómulos muy marcados y cuello delgado y estilizado. El conjunto resulta sorprendentemente afín al canon de belleza actual.

La reina aparece con un tocado que identificamos como alguna versión de la Corona de Jeperesh o Corona Azul, que se usaba cuando se iban a hacer ofrendas a los dioses. Si bien es cierto que su representación no coincide exactamente con las descripciones que tenemos que dicha corona, por lo que en general se le llama Tocado de Nefertiti.

Una atomización (TAC) realizada en 2.007 reveló que bajo la efigie que podemos observar hoy en día se encuentra oculto otro rostro con rasgos faciales algo distintos. Probablemente esto se deba a que el escultor estaba envejeciendo un busto anterior de la propia reina para acercarlo a la realidad. Tutmose debió morir o sufrir algún tipo de percance cuando se encontraba cerca de finalizar su obra, por lo que el busto de Nefertiti quedó inacabado y carece de policromía en su ojo derecho.

Tras su descubrimiento, el busto de Nefertiti fue adquirido por el coleccionista alemán James Simon, que lo donó al museo egipcio de Berlín. Allí estuvo expuesto hasta 1.943, momento en que fue trasladado a un lugar desconocido con motivo de la segunda guerra mundial. El museo, quedó totalmente destruido tras la toma de ciudad por los soviéticos en 1.945.

Desde 2.009 el busto de Nefertiti permanece expuesto en el rehabilitado Museo Egipcio de Berlín, donde forma parte de una de las colecciones de arte egipcio más importantes del mundo.

Un artículo de Jose Barroso.

La Biblioteca de Alejandría.

El legado que nos negó la Historia. 

La Biblioteca de Alejandría.

Mítica construcción dedicada al conocimiento donde las haya e instaurada plenamente en el imaginario popular, la Biblioteca de Alejandría consiguió algo más que reunir todo el conocimiento del mundo antiguo. Logró perdurar en la memoria del tiempo aun después de su destrucción.

"¿Para qué referirse a los libros, a la gran biblioteca y a las colecciones del Museo, cuando están en la memoria de todo hombre?"

Ateneo de Naúcratis. El Banquete de los sabios.

La Biblioteca de Alejandría fue ideada e inicialmente construida por Ptolomeo I Soter (367-282 a.n.e.) en los últimos años de su reinado.

Para su organización y dirección se hizo venir a Alejandría a Demetrio de Falera, que llegó a la ciudad en el año 295 a.n.e. y se convirtió así en el primer bibliotecario. Dicho cargo no tardó en convertirse en un excepcional honor en el mundo antiguo, llegando a ser uno de los tres funcionarios más importantes de Egipto.

Los Ptolomeos apoyaron y conservaron la biblioteca durante siglos. Dedicaron importantes sumas a la adquisición de libros y un ejército de copistas se ocupaba de traer nuevas obras desde todas las bibliotecas conocidas del Mediterráneo. En el siglo II a. n. e. el edificio inicial se quedó pequeño y Ptolomeo III Evergetes (246 adC-221 a.n.e.) creó la "Biblioteca Hija" en el Serapeum de Alejandría. Una de las pocas estructuras cuyos vestigios ha llegado hasta nuestros días.

Todo lo que sabemos sobre la biblioteca de Alejandría en sí, se debe a vagas referencias de los historiadores clásicos. No existe, que sepamos, trabajo alguno dedicado a describir el edificio, su contenido o su funcionamiento.

Así, la primera referencia nos la ofrece Estrabón, que describe un edificio de planta circular, con una gran apertura en su techo para la entraba luz natural, armarios para los rollos en sus paredes, bancos de estudio y varias estancias comunes que servían de comedor o salas de reuniones.

Tito Livio describe el edificio como uno de los más bellos que había visto, con numerosas salas llenas de estantes y libros.

Los historiadores hispanos Lucano y Séneca, nos relatan que la biblioteca formaba parte de un conjunto de edificios conocidos como "El Museo" y que albergaba también un zoológico, grandes jardines e incluso un laboratorio.

El Contenido de la Biblioteca de Alejandría.

Las fuentes son confusas en cuanto al contenido total que llegó a albergar la Biblioteca de Alejandría. Tendremos que buscar una cifra plausible entre los quinientos mil y el millón y medio de volúmenes. Quizás el momento de mayor esplendor se produjo cuando Marco Antonio donó a Cleopatra el contenido íntegro de la Biblioteca de Pérgamo, cifrado en unos cuatrocientos mil volúmenes. Además de la cantidad, es la calidad de sus depósitos lo que la convirtió en la biblioteca más importante del mundo antiguo:

La Historia del Mundo de Beroses; Al menos cien obras de Sófocles, de las que solo perduran siete; Las obras completas de Arquímedes; Los libros perdidos de Aristarco, que describió un sistema solar heliocéntrico quince siglos antes de Copérnico; Herófilo de Calcedonia, que situó por primera vez la inteligencia y el raciocinio en el cerebro; Los trabajos de Sosígenes a quien debemos nuestro actual calendario; La biblioteca completa de Aristóteles; Tratados de Hiparco que inventó el sistema de latitud y longitud; Las obras de Eratóstenes que calculó la circunferencia de la tierra con un error del 1% y predijo que podía llegarse a La India navegando hacia el oeste desde Hispania; Los estudios de Herófilo, primero que describió el cerebro y el sistema nervioso como una unidad; o las memorias de Escipión el Africano. Todo se perdió.

La destrucción de la Biblioteca de Alejandría.

El primer desastre del que tenemos constancia ocurre en el año 48 a.n.e. Julio César arriba al puerto de Alejandría buscando a su rival en la reciente batalla de Farsalia y encuentra Egipto en mitad de una guerra civil. Los contendientes son Ptolomeo XIII y su hermana Cleopatra VII. Julio César pronto muestra su favor por esta última y las fuerzas de Ptolomeo, comandadas por Ganimedes, cercan la ciudad con el general romano y apenas una legión dentro, a lo que habría que sumar unos pocos fieles de Cleopatra.

La inmensa superioridad numérica de Ganimedes hace que Julio César tome algunas decisiones desesperadas, entre ellas, quemar sus propias naves en la bocana del puerto. Con esta acción hace que los restos hundidos de sus propios barcos impidan el acceso de las naves de sus enemigos. La arriesgada argucia es un éxito estratégico pero tiene una desastrosa consecuencia: el fuego se extiende al puerto y acaba afectando gravemente a la biblioteca. Algunas fuentes hablan de la pérdida de cuatrocientos mil volúmenes aquella fatídica noche.

Buena parte de los rollos perdidos en aquella ocasión bien pudieron recuperarse con la donación que realiza Marco Antonio a Cleopatra cuando ya eran amantes. Tenemos constancia de que la Biblioteca de Alejandría siguió en funcionamiento y con cierto esplendor. Así, Suetonio en su obra Vida de los Doce Cesares nos relata:

"...añadió al antiguo Museo de Alejandría otro nuevo que llevaba su nombre. Se estableció que cada año, en unos días determinados, se leyesen los libros de los etruscos en un museo y de los cartagineses en otro..."

Vidas de los Doce Césares. Vida de Claudio. XLII.

Entre los siglos III y IV Alejandría fue saqueada hasta siete veces. Los bibliotecarios lograron esconder y trasladar buena parte del contenido de la biblioteca pero en el año 297, la guerra entre Lucio Domicio Domiciano y el emperador Diocleciano, provocó un desastre mucho mayor que el acaecido en tiempos de Julio César. El emperador tras tomar la ciudad ordenó la aniquilación de sus habitantes hasta que la sangre llegase a las rodillas de su caballo. Buena parte de los textos que habían sido escondidos nunca serían encontrados al morir sus custodios. Posteriormente, el emperador ordenó quemar varios millares de tomos relacionados con la alquimia y las ciencias ocultas.

A finales del siglo IV son los fanáticos cristianos los que fijan su odio y su ira sobre la Biblioteca, su contenido y los estudiosos que la habitan. Los cristianos opinan que los textos de la biblioteca niegan la grandeza de su dios, son contrarios a sus propios libros sagrados y pecaminosos. Hordas de cristianos violentos reducen el edificio a escombros, queman su contenido y descuartizan viva a su ultima directora, Hipatia de Alejandría (355-415).

El asesinato será un escándalo en el mundo antiguo y provocará que el emperador Teodosio II castigue, con poca severidad, a los dirigentes cristianos. En paralelo, reclamó que los pocos volúmenes supervivientes del desastre fueran llevados a Constantinopla para su conservación. La Biblioteca de Alejandría no volvería a reconstruirse, pero la ciudad nunca dejaría de reclamar aquellos volúmenes hasta que fueron devueltos a principio del siglo VII.

Aquellos textos supervivientes aún legarían a la historia un vergonzoso capítulo más: Tras la conquista de la ciudad por el Califa Omar en el año 642, los musulmanes debieron decidir qué hacer con aquellos rollos. Tras varias consultas y debates el Califa Omar daría la siguiente indicación:

"Si los libros contienen la misma doctrina del Corán, no sirven para nada porque repiten; si los libros no están de acuerdo con la doctrina del Corán, no tiene sentido conservarlos"

Cuenta la leyenda que aquellos últimos rollos sirvieron como combustible para los baños públicos de la ciudad durante seis meses.

Un artículo de Jose Barroso.